domingo, 21 de diciembre de 2008

La vileta regalada






Aquest article no parla d’un viatge, sinó de molts viatges, els que he fet, al llarg de la meva vida, a Nonasp, un poble de l’Aragó, concretament de la Franja, on va néixer la meva mare. Com molta gent que en el seu temps va haver de marxar de casa i buscar-se la vida a la ciutat, la meva mare ha estat sempre lligada al seu poble, on viuen la meva àvia, els meus tiets i els meus cosins. I ha transmès l’amor per Nonasp a les seves filles, per això cada any retornem al lloc on té les seves arrels. I així, poc a poc, el poble s’ha anat fent també una mica nostre, i encara que només sigui per dos o tres cops l’any, jo m’hi sento com a casa. Per cert que a Nonasp es parla el català, en una de les seves variants dialectals, lo nonaspí.

El poble és maco tant a l’estiu com a l’hivern, però no es gaudeix de la mateixa manera ja que a l’hivern són poques les hores que pots passar al carrer, pel fred que hi fa. A l’estiu podem gaudir de la piscina. El costum és anar-hi després de dinar, perquè si hi ha alguna cosa sagrada allà és l’hora de dinar: a la una en punt, tots a taula! Sobre les quatre de la tarda ja podem anar a fer un banyet. Però la piscina no ha existit sempre; fa anys, quan volíem refrescar-nos per fugir de la calor (que allà a l’estiu pica amb força) anàvem fins una part del riu on hi ha una gran roca i que s’anomena la roca del Saladar. Allà ho passàvem molt bé amb els meus cosins, jugant a llençar-nos a l’aigua, quan n’hi havia, perquè aquella zona del Bajo Aragón és bastant seca.

Una visita obligada és l’ermita del poble, dedicada a la Mare de Déu de les Dos Aigües, que juntament amb Sant Portomeu, és la patrona del poble. El nom de la Verge és degut a que Nonasp es troba entre dos rius: el Matarranya i l’Algars. Una placa a l’interior de l’ermita recorda les inundacions que van tenir lloc al segle XVIII a causa del desbordament d’aquests rius. El passeig cap a l’ermita és molt tranquil, i transcorre per un camí vorejat de pins i xiprers; al voltant d’ella hi ha un parc, molt ben cuidat des de fa uns anys. Quan érem petites, els meus pares ens portaven a recollir pinyons en aquella zona i els menjàvem allà mateix trencant la closca amb una pedra. Com enyoro aquells temps...

Fa poc vaig fer una excursió seguint l’Algars, fins a l’assut que hi ha en aquest riu. A la primavera i l’estiu aquest passeig és ple de vida; tot tipus de plantes i animalons et surten al pas. A la tornada pots remullar els peus cansats al riu, l’aigua és molt fresca i neta.

Per Nadal el poble es vesteix de llums i de música. A la plaça de lo Portal col·loquen un arbre ben gran i pels carrers de senten nadales. La nit del 24 de desembre fem cagar el tió. No hem deixat de fer-ho des que érem petits i ara que a la família hi tornen a haver nens la tradició continua. El dia de Nadal mengem la boníiiiiissima sopa de galets que prepara la meva àvia, amb mandonguilletes i ou dur. I per Sant Esteve els típics canelons. Ja estem quasi preparades per anar aquest Nadal cap a Nonasp i retrobar-nos amb la família!

Apunts de gastronomia.
La zona és rica en productes de la terra; des de la bresquilla de Maella, amb fira monogràfica i tot, fins a l’oli de Mequinensa, amb denominació d’origen. Pels amants dels dolços hi ha unes pastes típiques a Nonasp, són els panadons, fets amb farina i oli, i de cabell d'àngel per dins. I un vermut que fan a ca Freixa ideal per acompanyar els aperitius. I per aquestes festes, lo típic: polvorons i tarrons regats amb una bona mistela.

Bones festes!

domingo, 7 de diciembre de 2008

La aventura del Pedraforca

Día: 1 de noviembre de 2005.
Miembros de la expedición: Miguel, Garci, Silvia, Miguel, Carlos y Núria.
Lugar: montaña del Pedraforca, pico de 2.507 m en el Parc Natural del Cadí-Moixeró.
Duración: 6 interminables horas.
Estado de ánimo antes de la ascensión: ilusión y muchas ganas.
Estado final: agujetas, moretones y rasguños varios, aunque también alegría por el reto superado.

Estoy acostumbrada a hacer excursiones y salidas al campo y a la montaña, pero si antes de empezar ésta me llegan a decir el esfuerzo que supondría, quizá me lo hubiera pensado mejor. No obstante, no me arrepiento en absoluto de haber llegado a la cima de una de las montañas más emblemáticas de Catalunya, de haber compartido con amigos una experiencia de superación y solidaridad, y de haber comprobado que, a pesar del sedentarismo diario, estoy en buena forma física.

La excursión empezó en Santa Coloma, donde habíamos quedado en reunirnos todos. Repartidos en dos coches iniciamos el trayecto. Al llegar visitamos el mirador de Gresolet, desde donde hay unas vistas magníficas de la montaña. Allí pasamos un buen rato; no recuerdo muy bien si esperábamos que, con un poco de suerte, lloviera y hubiéramos de dar media vuelta (porque desde allí la cima se veía muuuy lejos) o si estábamos preparándonos mentalmente para la proeza. El caso es que no llovió, y empezamos a caminar.



El itinerario empezaba en el refugio Lluis Estasén y continuaba por el Coll del Verdet. Después de unas cuantas horas llegamos a la enforcadura, la cual da nombre a la montaña. Encontramos a un excursionista que iba solo (¡qué valor!). Desde ahí arriba las vistas ya eran espectaculares, y yo me preguntaba cómo íbamos a bajar todo lo que habíamos subido, si los pies ya empezaban a dolerme.


El paso siguiente fue subir hasta el Pollegó Inferior, conocido popularmente como… os lo podéis imaginar. Allí hicimos un pequeño descanso y nos planteamos la opción de subir o no al Pollegó Superior. Por unanimidad aprobamos la subida (cualquiera decía que no); que más daban ya unos metros más de frío y agotamiento…


¡Y llegamos a la cima! Lástima que no os pueda enseñar una foto que muestra lo que sentí allí arriba; pensé que todo aquel esfuerzo había valido la pena, aunque sólo fuera por el paisaje, y noté que el cansancio que hasta entonces me entorpecía se había quedado por el camino.



Pues nada, a bajar se ha dicho. El descenso lo hicimos por la tartera; creo que estuve más rato con el culo apoyado en las piedras que de pie, pero gracias a mis compañeros (más hábiles que yo, todo hay que decirlo), que a cada momento me recogían del suelo y me aconsejaban maneras de bajar mejor, llegamos a los pies de la montaña. Al pasar por el refugio empezó a hacerse de noche, y pensamos que un pequeño retraso durante la jornada habría hecho que la oscuridad nos pillara por el camino. Pero ya estaba hecho, y al día siguiente podríamos explicarlo en el trabajo.

Os recomiendo a todos la experiencia, y a los que formaron parte de la excursión, les propongo hacer otra, aunque si esta vez es por el Delta de l’Ebre, mucho mejor.

sábado, 29 de noviembre de 2008

El 28

En septiembre estuvimos en Lisboa. Me gusta caminar por las ciudades que visito y cansarme hasta que me duelen los pies. El inconveniente de Lisboa es que sus calles no paran de subir y bajar, ya que se encuentra entre siete colinas. Y como hacía tiempo que me di de baja en el gimnasio, pensé que lo mejor sería subirnos a alguno de los tranvías que circulan por la ciudad.

Es fantástico asomarse por la ventanilla y sentir el viento en la cara, mientras te dejas llevar por el traqueteo, y mientras piensas que ese cacharro no puede aguantar muchas más sacudidas y que se va a romper en pedazos. Pero aguanta, y se deja guiar por las precisas maniobras del conductor, que ya conoce sus puntos débiles. Y comparte las calles con los demás vehículos, que lo respetan, y la gente lo admira como parte indispensable del paisaje urbano.


Uno de los que hace un recorrido más completo es el número 28. Cada día lo cogíamos en el barrio de Chiado (donde nació el poeta Fernando Pessoa, el que está conmigo en la foto) cuando el cansancio nos había vencido, y recorríamos las calles empinadas hacia el río Tejo, subíamos después hacia la catedral y dejábamos a nuestra izquierda el Castillo de San Jorge.

Al pasar por el barrio de Alfama podíamos ver (y oler) las tascas bien de cerca (en una de ellas comimos unas albóndigas buenísimas) o incluso enredarnos entre las camisas tendidas en un balcón, y que quedaban a la altura de la cara. El tranvía que hacía el trayecto inverso pasaba rozando el nuestro en las calles más estrechas.

Próxima parada, barrio de Graça, en lo alto de una colina, donde el tranvía llegaba sin aliento y desde donde, sin tiempo para recuperarse, iniciaba de nuevo el descenso de ruas y calçadas. Allí teníamos nuestro alojamiento, al que por cierto habíamos llegado a pie el primer día, cargados con maletas; en ese momento nos dimos cuenta de que debíamos dosificar nuestras fuerzas si no queríamos agotarnos en el primer paseo.

El último día tomamos el 28 hasta el final, el barrio de Lapa, un barrio de lujo y calma alejado del centro, donde el tranvía se vaciaba de turistas y lugareños, y volvía sobre sus pasos para mostrarnos la ciudad en movimiento.

domingo, 23 de noviembre de 2008

0-0 en Riazor

He hecho muchos viajes con mi padre, y la mayoría gracias a nuestra afición común: el RCD Espanyol. Así he visto como nuestro equipo ganaba en el Ruiz de Lopera bajo un sol abrasador, como empataba en Mendizorrotza en un césped mojado por el txirimiri, o perdía en el Madrigal por un escandaloso 4 a 1. Con la excusa de esas dos horas de partido, hemos conocido ciudades como Bilbao, Salamanca o Madrid, donde por cierto, vivimos una de las noches más mágicas en blanquiazul, la Copa del Rey del 2006 contra el Zaragoza.

La gracia de este viaje a La Coruña es que fue gratis. Era el premio por ganar un concurso, o quiz, que organizaba la peña Manigua sobre la historia del club: un desplazamiento con el equipo para cualquier partido de liga. El premio incluía viaje en el avión privado del club (sí, sí, con los jugadores en el asiento de delante para poder tocarlos), estancia en el mismo hotel que ellos, dos entradas para ver el partido y todas las fotos que consiguieras hacerte con tus ídolos futbolísticos (eso te lo tenías que currar tú). ¡Qué más se puede pedir si eres un verdadero fan del equipo! Así que nos sentamos delante de Kameni (es el portero periquito, para los que simpaticen por otros colores), que iba en plan solitario; daba la impresión de que no le hacía mucha gracia volar.



Después de hora y media aterrizamos en el aeropuerto coruñés, y tras instalarnos en el hotel (de cuatro estrellas) salimos a cenar. Brindamos con un Albariño por la hipotética futura victoria del Espanyol contra los gallegos, aunque al día siguiente casi tuvimos que dar las gracias por no haber perdido.

¡Menudo desayuno nos esperaba por la mañana! Mi madre habría disfrutado con semejante manjar. Yo no pude resistirme y me llevé dos botecitos de mermelada; hay quien se lleva el albornoz de la habitación, pero yo es que soy más de comer.

Con el estómago lleno visitamos la ciudad. Un paseo por la playa de Riazor, donde algún valiente se remojaba algo más que los pies (¡y estábamos en enero!), la Torre de Hércules (antiguo faro romano de navegación), el ayuntamiento.


Y al llegar la hora de comer, ¡sorpresa!, las marisquerías hacían su mes de vacaciones en enero… No es que sea muy amante del marisco, pero ya que era mi primer viaje a tierras gallegas, no iba a desaprovechar la ocasión. En fin, todavía me quedaba la esperanza de que los pericos se dieran un “atracón” en el terreno de juego. Inocente de mí… A estas alturas ya debería haber aprendido que esto de ser espanyolista no es fácil, pero a veces pones el corazón en algo y de ahí no te mueven.

Pues bien, si el partido acabó como acabó fue gracias al árbitro, que anuló al Depor un gol por un fuera de juego bastante dudoso y no concedió un gol fantasma que después se vio que había entrado. Así que a brindar de nuevo por el milagroso empate, esta vez con un Ribeiro. En el viaje de vuelta, apatía general, pero yo encantada de tener tan cerca a mi equipo del alma y de haberme hecho una foto con todo un símbolo del Espanyol.





P.D.: El de la primera foto es mi padre, que con lo que ha sufrido por su equipo, un día tendrán que hacerlo socio honorífico.